sábado, 30 de abril de 2011

COMO UN HOMBRE SIN MÁS

(para recordar a José Antonio como él querría)

Recuérdame,
como un árbol caído,
como un pájaro herido,
como un hombre sin más.
(José Antonio Labordeta)



Como se van las tardes y los hombres,
las canciones se van, se van los versos
y nos dejan pequeños universos,
y en un tronco grabados viejos nombres,

perentoria memoria de la tierra
que pisaron un día y que tú pisas,
memoria del pasar forjando brisas
caricias para el rostro y la alta sierra,

memoria del pasar rompiendo el lodo
que cobija los siglos y los muertos,
como un jardín regado y tantos huertos
donde busca el recuerdo su acomodo,

memoria de una sed y de un paisaje
terriblemente duro y solitario,
pedregales y ontinas, sedentario
dominio del pesar y del coraje,

memoria de un adiós que ha sido impuesto
por una historia triste que atenaza
al hombre de estos pagos y amenaza
con un estrafalario, adusto gesto

mientras pasa y se rompe el horizonte
cada vez más lejano y más amargo
sumido para siempre en el letargo
de la tarde parada sobre el monte,

memoria de una tierra abandonada
porque el pan está lejos y la vida
se arrebuja entre brasas consumida
como fruta en agraz nunca granada,

memoria, sí, de pájaros heridos,
banderas rotas, rotos campanarios,
sabinas arrumbadas y precarios
hogares con carbones encendidos,

memoria del poeta, del paisano
que, como yo, tú has visto por las ondas,
caminante entrañable hasta las hondas
entrañas del país, mochila en mano,

memoria de esa voz recia en la albada
cercana al corazón de tan tremenda
gritando libertad por toda hacienda,
como única verdad enarbolada,

memoria del vivir de cada día,
de un beduino extraviado y callejero
que dijo su verdad y fue certero
como el sol implacable que seguía,

recuerdo avaricioso del amigo,
del vecino, del hombre, compañero
ya tuyo, mío ya, ya por entero,
que un gris amanecer llevó consigo.

Como se van los días y los sueños
se nos van los poetas; nos quedamos
más vacíos, más solos, como ramos
inclinados al viento y sus empeños.

Rebrota con su sangre un viejo olivo
y su verso se curva como el viento,
y es la mañana azul asentimiento
de su paso fugaz y genitivo,

porque aunque se van, no están ausentes,
que son tierra y canción, lo que nombraron
son, son la voz y luz que nos legaron,
el agua transparente de las fuentes,

Y quedan las palabras de su boca
escritas para siempre en la memoria
de los hombres, del tiempo y de la historia,
del céfiro, del río y de la roca.

Y queda lo que fueron: sólo hombres,
hombres sin más, sin más para la fama
que saberse el papel, la fina trama
representada al fin en los pronombres.