domingo, 16 de agosto de 2009

LAS TARDES TENDIDAS

Suelo tender la tarde desde mi ventana al olvido de los días azules.
Y poner a secar mis poemas mojados.
Y mirar donde el mar es recuerdo en los ojos antiguos del cielo.
Y contemplar como asciende lentamente el humo
que le sobra al fuego de mis dedos.
Y sorber todo el aire que admiten mis pulmones,
todo el aire que expulso para inevitablemente asfixiarme un día.
Suelo sentarme en la estela de barcos que no vuelven.
Y mecerme en la cuerda trenzada por el vuelo de las golondrinas.
Tiendo a recordar lo no vivido y olvidar lo cercano, quizás por anodino.
A soñar que sueño, que todo importa algo, aunque nada importe ya.
A no creer en nada que pueda ser creíble.
A reír inocente como ríen los niños.
A llorar y llorar, llorar sin llanto
porque no laven las lágrimas el dolor que me cubre.
Y suelo escribir, a veces, palabras sin pulmones
que vuelan por el aire, el aire enrarecido
donde naufraga, en las tardes tendidas, el fulgor del ocaso.

jueves, 2 de julio de 2009

ÁLAMOS, OLMOS

El viento de primavera
aplauso múltiple arranca
al pasar como una blanca
presencia que os sedujera,
cálido temblor en espera
del destino que os ofrece
desnudez para los fríos.
Álamos, olmos, de ríos,
de parques, de amor, parece
que el aire en vosotros crece.

viernes, 26 de junio de 2009

TAN SÓLO SOLEDAD

La luna tiene ojos penetrantes, oscuros.
Sondea los volcanes y los pozos sin fondo
que guardan en la Tierra girones de su carne.
Es una diosa antigua impregnada de brea.

La Tierra tiene hogueras que adoran a la luna.
Desde un rincón oscuro los ídolos de arcilla
intentan la salida airosa por el Tiempo.
Pero hay polvo en el viento que rodea al planeta.

Los muertos y los dioses conducen por el cielo
una barca sin río hacia un ignorado norte.
Peregrinos de arcilla colmamos el periplo:
eternidad la noche, perennidad el día.

Pasan las primaveras, los hombres y sus obras
bajo el reloj de sombra, misterioso, sediento,
que conoce el secreto que ignoran los mortales.
pasa tu savia suave tan lejos de mi savia…

El tiempo es una mano de un gigante dormido,
inmóvil contra el cielo de un sueño reposado
o agitada en la cima de un turbulento sueño.
El tiempo es una mano y es un hombro la vida.





Una barca sin río mi existencia conduce.
Es tu amor tan distante un gigante dormido.
Estos versos que escribo son piedra de mi honda.
Barquitos de papel a tu océano lanzo.

Pero no quedan lábios o nidos de los besos,
pero no queda luna o mar de mi naufragio,
pero no queda tierra o lecho sin espuma,
pero no queda arcilla o libro de mi pena…

Tan sólo soledad y un grito que no sale
del corazón tan roto. Tan sólo soledad
y un profundo abismo bajo el cielo de plomo.
La soledad tan sólo para sentirme vivo.

lunes, 1 de junio de 2009

LA SOMBRA DE LA ENCINA

I
Tu sombra para todos
que pasan a tu lado,
aunque te digan árbol
o, sin verte siquiera,
no detengan sus pasos.

II
Porque no llueve y sopla el viento
tienen polvo las encinas.

III
Qué dura para el hacha
y qué bien arde
la leña de la encina.

IV
Bajo las acacias yo.
-Me quiere, no me quiere.
Recuerdo, no recuerdo.
Olvido, olvido siempre.-

Cabe la encina tú.
-Amor. Recuerdo. Nunca olvido.-

V
¡Ah, miradme perdiendo las palabras!
Quisiera ser encina
por no perder nunca la sombra.

VI
Sabor tiene la noche de tu cuerpo
a sueño entretejido –luna, bruma-,
confiada y dormida encina dura,
enorme y detenida bajo el viento.

VII
El mundo está bien hecho. Y la tarde
no se rompe al crepúsculo. Y la vida
es un viento que crece entre tus ramas.

VIII
Sol y sombra. Silencio
para escuchar al viento
que llega por un camino de juncos
levantando gemidos verdes
y se vuelve gris en las copas
de las encinas.

IX
Redonda como un mundo
la sombra.
Densa cual universo
la encina.

X
El anciano arrastra su larga
sombra cargada de años.
La vieja encina abre su inmensa
sombra poblada de años.

XI
Y tienes en tu sombra
heridas de balas,
heridas de amor,
heridas de tiempo…

XII
La aurora ha madurado:
ya es sol de mediodía
posado sobre tus ramas.

XIII
Y es que en los días de invierno
sobre si mismas las tardes
se ovillan, se recogen, buscan el sol
y el corazón de la encina.

XIV
Sombra apenas, encina muerta.
¿Qué queda en el tronco seco,
qué hojas, savia o viento?
Sólo un nido donde espera
sorprender a la muerte tanta vida.

XV
Detrás de cada sombra, cada sueño,
cada mar, cada muerte,
cada labio perdido
hubo sol, vida, amor, la gota inerte
del rocio. Hubo besos. Hubo olvido.

XVI
Me a-
petece
buscar
la sombra
de la encina.

XVII
Encinas que no me cobijasteis,
¡cómo recuerdo vuestra sombra!
Versos que no leeré,
¡os llevo en las sombras del alma!
Amores que nunca tuve,
¡sois sombra en sueños para mis dedos!

viernes, 22 de mayo de 2009

CUANDO SE HACE EL AMOR

Cuando se hace el amor
ala en reposo, nido, estancia, lecho,
ademán espontáneo,
palabras repetidas
que nunca nos oímos,
besos, pasión, deseo,
oleaje en la piel llena de peces,
irrealidad tangible,
desnudez tan sincera
que el corazón tocamos con la mano…

Cuando el amor da forma
horizontal al mundo
que habitamos y somos,
entidad y sustancia
de carne y fuego casi eternizados,
penumbra luminosa
para mirar de frente
a los dioses dormidos
que sueñan este instante
por nosotros creado cuerpo a cuerpo…

Cuando el amor nos sume
en el mar verdadero,
en un vuelo de viento
-un cigarro, una mano
blandamente cayendo,
un beso deslizado
desde el azul del cielo…-,
eres aún mujer de carne y hueso,
eres una ilusión aún dormida
y, aún, esperanza de otros días…

Pero luego, lejana, sólo tiempo.
Pero luego, cenizas, fuego apagado
en hogares oscuros sin espejos.

sábado, 18 de abril de 2009

FELICIDAD

Que remontas tu vuelo
breve pájaro alígero
dibujando en las manos
lacerante vacío.

Que he sentido tu agua
de mis dedos sin nidos
escapar inclemente
como escapan los ríos.

Que he gozado la dicha,
en tu aire prendido,
de estrechar en mis brazos
tu breve sol esquivo.

Que grabaste un instante
intenso, loco, efímero,
en mi torso desnudo
con labios femeninos.

Que fundiste mis sueños,
enervado delirio
en oro azul de noches,
en crisol repentino.

Que te has ido y que vuelves
cuando miro abatido
tu cintura alejarse
entre brumas y vino.

Felicidad, mil nombres
en mis tardes te digo.
Fugitivo relámpago,
me recuerdas que vivo.

viernes, 10 de abril de 2009

SEMANA SANTA

¡Ay dolor, dolor sin lágrimas!
¡Ay amor, amor inmenso!
¡Aquellas tardes de asombro,
aquellos ojos abiertos,
aquel profundo temor,
aquel niño, aquel silencio!

Fuera yo aquel niño cuando las sombras crecían
y decían las campanas, mudas, la voz de los muertos.
“A los Santos Oficios, a los Santos Oficios.”
Zumbaba la carraca
Dios ha muerto, ha muerto Cristo
(de nuevo)
Fuera yo aquel asombro, aquel temor interrogante,
fuera yo tan pequeño bajo los mantos morados, bajo el vozarrón de los padres,
bajo el chisporrotear de los cirios entre los hoscos semblantes y rezos,
me dijeran:
“tú eres pecado, has matado a Cristo.”
Fuera yo tan pequeño…
“Fueron los judíos quienes te mataron, ellos son los malos.”
Las mujeres iban con sus velos negros, los hombres muy serios,
el cura salmodiaba rezos en latín,
la humedad y los cirios de efluvios plagaban la atmósfera,
el pueblo era todo, todo un cementerio
¡Ay mi pueblo castellano, procesión de Viernes Santo!
¡Ay aquel niño arrepentido de pecados que nunca cometiera,
aquel asustado niño,
aquel granito de arena tras de las cruces sintiendo
que soplaban en su espalda las ánimas de todos los muertos!
¡Escalofríos del niño que yo fuera
esperando que se rasgaran los velos,
que las tumbas se abrieran,
que temblara la tierra mientras Jesús conducía
aquella procesión de sombras, frío y yerto!