EL MAR
Hacia el Oeste está mi corazón
JOSÉ LUIS PUERTO
Yo busqué un mar donde acaso lo hubo,
en las áridas planicies desiertas de la aurora
donde un vestigio aflora de vida tan antigua
que hace triste y pequeña la soberbia del hombre.
Yo busqué un mar oteando las nubes,
velas blancas de adioses,
en las tardes tranquilas cuando el viento traía
desgajados recuerdos, olvidos primigenios.
Me supe náufrago bajo olas de lluvia
y nauta de sueños en presentidos océanos.
Espumas modeladas en arcilla,
varaderos de piedra y ocultas caracolas
decían su nostalgia al agua de los ríos.
Crecí mirando al cielo que besaba los mares
con sus labios de sol
en lejanas auroras e incendiados ocasos.
Pero no sentí en la boca el sabor de la noche,
el regusto de sal de un desierto marino,
la agria bocanada oscura de los vientos.
Ni supe de los puertos donde regresa siempre
el tiempo con sus barbas salpicadas de escamas,
ni de islas que crecen quebrando el horizonte,
ni de arenas vírgenes donde pone la tarde
su dorado rubor, ni de tumbas de agua
cuando dejan las olas un cielo de cipreses.
Y sin embargo busqué el mar.
Busqué el mar porque en mi sangre
naufragaba la vida.
domingo, 27 de abril de 2014
DE COMO LA MELANCOLÍA SE APOSENTÓ UN OTOÑO
Era otoño y el viento levantaba
las hojas de tu falda,
en tus muslos yacían
las arenas del alba.
Era otoño y evidenciaba el cielo
el final del verano.
Sobre tus duros senos
la sombra de mis manos.
Era otoño. Caían de tan alto
los soles amarillos,
los besos requemados
con su sabor a estaño.
Era otoño. Se aromaba de olvido
el hueco de tu cuerpo,
dejaba en los rincones
la tarde su recuerdo.
Era otoño y un polvo sometido
ponía en las aceras
sus manos sin olores,
su lejana tristeza.
Era otoño. Miraba aquella luna
desnuda entre las nubes
que el viento, no mis dedos,
acariciaba lúgubre.
Era otoño. Las palabras llovían
con su lenta nostalgia.
De tan casto el ocaso
se vestía de barro.
Era otoño. Se aposentaba el frío
al fondo del armario
donde guardo la risa,
los besos, los suspiros,
los días, la ceniza,
tu morena fragancia.
Es invierno y emana
de mis dedos un cierto olor a humo.
las hojas de tu falda,
en tus muslos yacían
las arenas del alba.
Era otoño y evidenciaba el cielo
el final del verano.
Sobre tus duros senos
la sombra de mis manos.
Era otoño. Caían de tan alto
los soles amarillos,
los besos requemados
con su sabor a estaño.
Era otoño. Se aromaba de olvido
el hueco de tu cuerpo,
dejaba en los rincones
la tarde su recuerdo.
Era otoño y un polvo sometido
ponía en las aceras
sus manos sin olores,
su lejana tristeza.
Era otoño. Miraba aquella luna
desnuda entre las nubes
que el viento, no mis dedos,
acariciaba lúgubre.
Era otoño. Las palabras llovían
con su lenta nostalgia.
De tan casto el ocaso
se vestía de barro.
Era otoño. Se aposentaba el frío
al fondo del armario
donde guardo la risa,
los besos, los suspiros,
los días, la ceniza,
tu morena fragancia.
Es invierno y emana
de mis dedos un cierto olor a humo.
domingo, 5 de enero de 2014
ÁNGELES
Al principio eran
los ángeles
soldados del dios antiguo.
Otean desde sus nubes
los universos niños.
Bajaron con su oropel
a los poblados con ríos
donde las mujeres bañan
su desnudez y su hechizo.
Y vieron que eran hermosas,
y bebieron de su vino.
Algunos partir pudieron,
otros quedaron heridos,
todos sus nombres dejaron
al olvido de los siglos.
Ellas narraban los hechos
a los hijos de sus hijos,
el tiempo como una araña
entretejía los hilos,
la verdad se hizo leyenda
al abrigo de los fríos,
a la luz de las antorchas
se fue vistiendo de limo.
soldados del dios antiguo.
Otean desde sus nubes
los universos niños.
Bajaron con su oropel
a los poblados con ríos
donde las mujeres bañan
su desnudez y su hechizo.
Y vieron que eran hermosas,
y bebieron de su vino.
Algunos partir pudieron,
otros quedaron heridos,
todos sus nombres dejaron
al olvido de los siglos.
Ellas narraban los hechos
a los hijos de sus hijos,
el tiempo como una araña
entretejía los hilos,
la verdad se hizo leyenda
al abrigo de los fríos,
a la luz de las antorchas
se fue vistiendo de limo.
Pero ha quedado tu
nombre
como un inmenso latido
que juntara tierra y cielo,
tu origen con sangre escrito.
Tu origen para que beba
de tus labios infinitos.
Pon tu beso en una copa
o en apretado racimo
para en mi boca estrujarlo
hasta que sangren los cirios.
Para cubrirte mis alas
tu cuerpo deja extendido
hasta que digan las piedras
lo que el tiempo deja escrito,
y las maderas se pudran,
y estalle el barro cocido,
y el cemento no resista
el golpear del granito,
hasta que la muerte venga
en corcel apocalíptico
o se duerma mansamente
al margen de tu vestido,
confirmando su silencio
nuestro amor y su principio.
como un inmenso latido
que juntara tierra y cielo,
tu origen con sangre escrito.
Tu origen para que beba
de tus labios infinitos.
Pon tu beso en una copa
o en apretado racimo
para en mi boca estrujarlo
hasta que sangren los cirios.
Para cubrirte mis alas
tu cuerpo deja extendido
hasta que digan las piedras
lo que el tiempo deja escrito,
y las maderas se pudran,
y estalle el barro cocido,
y el cemento no resista
el golpear del granito,
hasta que la muerte venga
en corcel apocalíptico
o se duerma mansamente
al margen de tu vestido,
confirmando su silencio
nuestro amor y su principio.
La tierra bebió del
cielo
lluvia temprana, rocío,
y conoció su belleza
cuando buscaron cobijo
en su cuerpo los alados
mensajeros de otros ríos
acaso ya sin espejos,
de otros reinos redimidos
por el fuego y por la sal
que nuestros ojos han visto.
Pero no quiero mirar
más allá de lo vivido:
Quiero beber en tus labios
hasta que sangren los míos,
beberme todo tu tiempo
hasta llegar al inicio,
soñar, borracho, que llego,
soldado del dios antiguo,
hasta ti, tierra, mujer,
y acaso no esté dormido.
lluvia temprana, rocío,
y conoció su belleza
cuando buscaron cobijo
en su cuerpo los alados
mensajeros de otros ríos
acaso ya sin espejos,
de otros reinos redimidos
por el fuego y por la sal
que nuestros ojos han visto.
Pero no quiero mirar
más allá de lo vivido:
Quiero beber en tus labios
hasta que sangren los míos,
beberme todo tu tiempo
hasta llegar al inicio,
soñar, borracho, que llego,
soldado del dios antiguo,
hasta ti, tierra, mujer,
y acaso no esté dormido.
De "Siete
Romances de Nombre Amargo y un Romance sin Nombre"
sábado, 22 de junio de 2013
PALABRAS EN LA ARCILLA
Para el poeta la muerte es la victoria;
LUIS CERNUDA
Ahora que la vida es como un
fardo,
un peso que arrastramos
resignados,
batalla tras batalla hacia la
última
derrota que veremos con los
ojos,
apretados los puños, la voz
rota
y alacranes de odio en los
bolsillos,
buscamos inmortales para el
grito
las palabras grabadas en el
tiempo,
en la arcilla durable y
escondida.
Mas la noche vencida se retira,
sus pertrechos de sueños y de
copas
se olvidan o se rompen con el
alba
y de nuevo volvemos al trabajo
con la rutina del sueño
oscilando en los goznes
cansados de los párpados,
apenas
erguidos, rompiendo la claridad
del aire,
vamos alegremente – alegría no
siempre
significa estar alegres-, acaso
cabizbajos
-una forma resignada de
tristeza-,
vamos, digo, por el día asumido
como sol, como ave que ya es
cielo,
ignorando el asfalto oscuramente
sucio,
tiernamente sonoro, que pisamos
y la tierra que aún espera sus
trofeos.
Atizamos cenizas apagadas y
encendemos
un nuevo fuego donde modelar
auroras,
nos sentimos ilusoriamente a
salvo
cálidamente abrazados por las
llamas
cotidianas, por los ecos
preservados.
Cálido es el abrazo de las
voces
que en la muerte encontraron su
victoria
las voces que buscamos, las
palabras
ondeando su estandarte, los
versos
grabados como a fuego en la
conciencia,
en la memoria amarga de los
días,
las voces de poetas que ya han
muerto
fijadas en la arcilla del
poema,
las voces que sustentan
esperanzas
cuando el cuerpo se abandona a
la tristeza,
sangre que levanta nuestra
sangre
para vivir oscuros y soñando
que todo lo que somos vale un
verso.
Bebemos en el cuenco de sus trovas
que el tiempo ha endurecido con
su llama,
doblamos sus palabras, las
llevamos
instaladas blandamente en los
bolsillos
donde guardamos intacta la
ilusión
y así vamos haciendo llevaderos
el trayecto que lleva al
mediodía
y el descenso cruel hacia el
ocaso.
Ya sabemos, porque ellos vivieron
y murieron por nosotros, que existir
es necesario, con todo su
bagaje
de tristezas, de amores
imposibles
y perdidos, con todas las
batallas
no ganadas y el verso
levantado.
Y vamos viviendo un día más con
pasos
que no temen a la muerte,
compartiendo
el pan, el vino, los besos, la
alegría, el camino
y sus altas, heredadas palabras.
Las sílabas mordidas que
juntamos
serán victorioso epitafio en nuestra tumba.
Poema ganador del I Concurso Litteratura de Poesía, 2013
sábado, 30 de marzo de 2013
Un antiguo poema escrito durante el servicio militar obligatorio
Yo podría amarte,
tenderme cara al cielo y recibir tus besos,
empaparme en tus caricias suaves, lentas, casi ingrávidas,
sentir la humedad de tu aliento verde,
el tibio roce milenario de tus manos innúmeras,
la magia,
el arcano cayendo blandamente
sobre las colinas,
sobre la erecta primavera de los montes,
viniendo de la bruma lejana,
desde el cielo, a confundirse con el mar,
eterno maridaje, divorcio siempre eterno.
Yo podría amarte,
abrir mis labios y recibir tu lengua
larga, ondulante,
en ráfagas de ortigas,
sentir, húmedas, fértiles, tus manos en mi frente,
colgar tu diadema de perlas en mi pelo,
abrazarte podría sintiendo como escapas y quedas prisionera,
yo podría amarte cuando vienes a mí
oh fugitiva mecida por el viento,
amorosa virgen procreadora de vida,
de la inmensa vida que corre bajo mis pies,
me rodea y me admite en su coro de voces.
Yo podría amarte
oh lluvia de Galicia cayendo rumorosa
sobre mi traje caqui,
el traje que encima me echaron
como se hecha una cuerda al alazán del monte
o al descuidado cordero
para el banquete de Pascua predestinado,
como el nombre mío, la religión, la patria,
como el arado al buey,
como la mortaja al viento.
Oh, si, podría amarte, lluvia, sí,
si libre cayeras sobre mi corazón.
MOUGA (La Coruña), 1979
tenderme cara al cielo y recibir tus besos,
empaparme en tus caricias suaves, lentas, casi ingrávidas,
sentir la humedad de tu aliento verde,
el tibio roce milenario de tus manos innúmeras,
la magia,
el arcano cayendo blandamente
sobre las colinas,
sobre la erecta primavera de los montes,
viniendo de la bruma lejana,
desde el cielo, a confundirse con el mar,
eterno maridaje, divorcio siempre eterno.
Yo podría amarte,
abrir mis labios y recibir tu lengua
larga, ondulante,
en ráfagas de ortigas,
sentir, húmedas, fértiles, tus manos en mi frente,
colgar tu diadema de perlas en mi pelo,
abrazarte podría sintiendo como escapas y quedas prisionera,
yo podría amarte cuando vienes a mí
oh fugitiva mecida por el viento,
amorosa virgen procreadora de vida,
de la inmensa vida que corre bajo mis pies,
me rodea y me admite en su coro de voces.
Yo podría amarte
oh lluvia de Galicia cayendo rumorosa
sobre mi traje caqui,
el traje que encima me echaron
como se hecha una cuerda al alazán del monte
o al descuidado cordero
para el banquete de Pascua predestinado,
como el nombre mío, la religión, la patria,
como el arado al buey,
como la mortaja al viento.
Oh, si, podría amarte, lluvia, sí,
si libre cayeras sobre mi corazón.
MOUGA (La Coruña), 1979
miércoles, 6 de marzo de 2013
ROJO SOBRE BLANCO
Escribir un poema desangra gota a gota
(Pablo
le Riverend)
En el blanco papel de la mañana
dejo la tinta roja de mis versos
y estallan jubilosos universos
cuando no la tristeza más humana.
Desde la sangre escribo dolorida.
Por las venas abiertas os entrego
mi luz, mi viento. Un rojo río os
lego
con palabras de sangre compartida.
Es la sangre que viene desde
antiguo,
del primer balbuceo del idioma,
del silencio, del rezo, del aroma
que ensalza para siempre un don
exiguo.
¡Oh, mínima expresión, un roce
apenas,
origen de la lengua, de esta herida
que a borbotones deja tanta vida
sobre el blanco papel de negras
penas!
¡Oh, verbo castellano, modelado
con la sangre de tantos corazones!
¡Palabras de raras gemaciones
por ribazos del verso enamorado!
¡Oh, voces detenidas un momento
por hablar de la muerte y de los
ríos,
del polvo y de la mar, de
labrantíos
y lunas, y -¡ay!- de amor y verde
viento!
¡Oh, versos que quedaron por
Granada
huérfanos de su voz, de su alegría,
de luz que Federico se decía
y se nubló en la tarde derramada!
¡Soledad del poeta en otro suelo
y en la cárcel más negra de su
tierra!
Desterrados los versos no se cierra
esta sima crüel del desconsuelo.
Escribir un poema es darle al
llanto
libertad, darle al fuego un árbol
verde,
al mar darle un velero que
recuerde,
varado, el viento azul, el roto
canto
de los poetas muertos sin remedio.
Es levantar la sangre asesinada
por la calle de olvido adoquinada.
Romper el toro gris de lento tedio.
Y sangrar, y sangrar, sangrar a muerte
por las yemas sin alma de los dedos
y la oscura ribera de los miedos
mientras la luna mira y se
divierte.
Apurando la sangre con que sangro,
abro mi soledad en esta entrega,
en esta llaga amiga y nocherniega:
abro mi corazón y me desangro.
Por las venas abiertas os entrego
el legado del verso que recibo
esperando, desnudo, el decisivo
momento de entregar mi vida al
fuego.
Jesús Andrés Pico Rebollo
Poema
galardonado con el Primer Premio en el XXVII Certamen Literario
Federico
García Lorca, 2008, del Centro Cultural García Lorca AA, de
Nou
Barris, Barcelona, fallado el 14-06-2008.
domingo, 1 de abril de 2012
LECTOR
Para bañarme en tus ojos
tengo que apartar la tierra
que me impide ver el mar
y nadar entre tus venas.
He de sacudir el polvo
de tantos muertos poemas
para bañarme en tus ojos,
ancho mar de tu tormenta,
para bañarme en tus ojos
y ser sombra de tus cejas.
Mi mano es un estilete
escindiendo niebla densa,
mi voz, cereal y tamo
que el viento de agosto aventa.
Soy esa nube que da
sombra a tus huellas,
en mi elevado silencio
oigo tus pasos de arena.
Puedo hacer saltar el rayo
que penetre por tus cuencas.
Búscame por los rincones
donde la palabra sienta.
Sólo tú puedes leer
sin ojos estos poemas
sobre la tumba del tiempo,
sólo tú, por tus veredas
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