Hubo de ser tu agua, mujer,
el agua que me diste para llegar al mar,
surcada la piel por la brisa de los besos
y un recuerdo de álamos temblando en los meandros,
hubo de ser tu agua la que calmara
la venturosa sed de mi pasado.
Tus piernas altas y el agua al fondo,
agua para navegar la dicha, frontera
del amor como una dentadura, agua
separada, agua junta entre muslos de piedra
que acaricia la vista émula de águilas
mientras la mano aparta suaves líquenes
de tiempo remansado. Mirar al Duero
en este punto es recordar los barcos
de papel navegando con poemas
que aún no sabían amar y que bajaron
por aquí en remotas tardes de infancia
y otros amores o rumor de agua pasando,
es abrazar tu cuerpo y ver con los mismos ojos
la profundidad del
deseo,
llegar al fondo
recóndito de la vida
con la única asistencia
de los labios,
la lengua y la sed de
poseerte
como se tiene y se goza
un río.
Es contemplar Urbión
entre los pliegues
geológicos de tu
piel y decirte quedo:
Dame tu agua, mujer, que voy al mar.
De "Los nombres del agua", Premio "Amantes de Teruel", 2020
(Imagen, Miranda do Douro, tomada de la red)







